domingo, 16 de marzo de 2014

El escritor. Cemento amargo


No son ni las 17:30 y estoy en la calle del Espíritu Santo. Me estoy tomando un Spritz. Muchas veces me he preguntado que lleva, pero no sé responder esa pregunta, solo sé que es amargo. Hacía años que no me tomaba uno. La última vez fue en Londres, aunque parezca mentira, y mira que ha pasado tiempo.

Aquí estoy, pasando la tarde, escribiendo con un bolígrafo robado, mendigando papeles para escribir y contar las cosas que mi terapeuta me ha dicho que escriba. Ahora mismo estoy distraído viendo como gente de todos lados intentan coger mesa en una de estas terrazas.

Me acaba de abordar un señor que vende mecheros y ha venido a recriminarlo el camarero, supongo que una persona pidiendo debe quitar clase y prestigio a este apestoso sitio.

Suenan Graveyard, esa banda de trasnochados drogadictos suecos que hacen un rock setentero muy interesante. “Slow Motion Countdown suena. Denso, oscuro, pesado, a cámara lenta. Me hace ver las cosas de otra manera con esos acordes tan graves y esa voz que a veces te desgarra y otras te hace querer hacerle el amor a alguien con mucha dulzura.

Como aquellas veces que te amaba en secreto. En secreto entre los dos, porque por aquel entonces solo existíamos los dos en ese mismo cosmos configurado a base de conversaciones y cariño, construido a través de nuestros sentimientos más sinceros y que forjó algo relativamente impresionante y que duró lo que tuvo que durar por azares del destino.

Me hacía gracia las ansias que teníamos porque todo esto acabase bien y las veces que pedí tiempo fueron las justas para no recibir la gracia divina y redimir mis pecados. Gracioso fue saber que a pesar de jugar a los mismos juegos, tú tenías un plan B para todo esto. A pesar de jurarme lealtad, fe, confianza, dedicación como hice yo, el despecho te hizo mirar a otro lado y coger el camino fácil de todo esto. Pensé que todas aquellas palabras de aliento que nos dábamos fuesen ciertas y al final de esta lucha hubiese una meta, pero esa meta se trasladó 1000 kilómetros más adelante.

Sigues el camino con algo que me dijiste que nunca pasaría, con algo que te daba rechazo, pero créeme, te entiendo, no he sido lo suficientemente justo y honesto contigo y te he privado de lo que necesitabas. Ahora solo espero que ese sea el camino, aunque ambos sabemos que no lo deseo, ni lo espero, sería demasiado estúpido pensar en eso después de todo lo vivido.

Pero ahora solo hay un muro.

Solo sabes que detrás de ese muro hay algo que te llama la atención pero de tanto mirar al muro y a todas las capas de cemento impenetrable que tiene, me he cansado y he dado la vuelta para encontrarme.

Encontrarme y encontrar otros muros.

Para encontrarme con otros muros más accesibles y ¿sabes qué? Aprendí muchas cosas, y esas enseñanzas encubiertas me han servido y me sirven para seguir caminando.

Llegados a este punto, te das cuenta de que al final de este camino que no puedes desandar, se encuentran muchas cosas que pensé que nunca volvería a tener por todas las experiencias con las que arrasaste mi corazón, pero como te digo, todo vuelve a florecer.


Florece de una forma amarga, pero florece. Y me pregunto si no será ese amargor debido al Spritz que me estoy tomando.